Discurso de toma de protesta del Consejo Directivo 2014-2016 del Colegio

La antropología en Yucatán: sobre sus enseñanzas y su necesidad en la sociedad 

Mtro. Rodrigo Llanes Salazar

¿Qué le ha dado la antropología a Yucatán? Acaso lo primero que pueda venir a la mente es el conocimiento sobre la antigua civilización maya, que ha impresionado a innumerables viajeros y exploradores desde el siglo XVIII, como al famoso abogado norteamericano John Stephens, quien, en el siglo XIX, la caracterizó como un “Egipto americano”; aquella plasmada magistralmente en las pintorescas litografías del británico Frederick Catherwood; fotografiada por el francés Désiré Charnay con su entonces novedosa cámara estereoscópica; que ha inspirado a numerosos artistas, como al escritor Antonio Mediz Bolio; y que, desde luego, ha sido estudiada por numerosos investigadores y hoy sigue atrayendo a miles de turistas.

Y es que la antropología en Yucatán cuenta con una señera historia, que algunos remontan a la Relación de las cosas de Yucatán, del polémico fraile franciscano y obispo Diego de Landa; a los periódicos El Museo Yucateco y El Registro Yucateco, ambos editados por Don Justo Sierra O’ Reilly a mediados del siglo XIX; al primer Museo Yucateco fundado por el obispo Crescencio Carrillo y Ancona en 1871; a los notables proyectos de la Institución Carnegie de Washington en la primera mitad del siglo pasado; o bien, a la creación de las primeras escuelas de antropología en la ciudad —el Centro de Estudios Mayas, el Centro de Estudios Antropológicos y la Escuela, hoy Facultad, de Ciencias Antropológicas, en cuyo ex recinto estamos hoy reunidos—, todas ellas a cargo de Don Alfredo Barrera Vásquez, una figura excepcional en la vida intelectual del estado y que nos dejó un valioso legado en sus estudios sobre los libros del Chilam Balam; sobre la literatura maya —como su trabajo sobre los bellísimos Cantarés del Dzitbalché—; sobre el muy singular español que hablamos los yucatecos, tan marcado por las voces y la pronunciación maya; así como en su obra cumbre, el monumental Diccionario Maya “Cordemex”. Las palabras de Don Alfredo aún resuenan, como cuando decía que “hoy admiramos aquella grandiosidad [de la civilización maya antigua], sin pensar en el doloroso drama que causó su edificación”. Sí, hoy seguimos admirando la grandiosidad turística de la civilización maya sin pensar en la dolorosa condición de la mayoría de trabajadores maya hablantes que construyen nuevos edificios, ahora turísticos, pero que se ven excluidos de sus beneficios.

¿Y qué nos ha enseñado la antropología en Yucatán en toda esta larga historia? Tal vez, como ninguna otra área de conocimiento, nos ha ayudado a conocernos a nosotros mismos. Nos ha enseñado sobre la sociedad maya prehispánica, sí, pero también sobre su tardía conquista y aún más problemática colonización; sobre el movimiento sanjuanista y la Constitución de Cádiz de 1812; sobre uno de los episodios que más han marcado estas tierras y que aún cala en la memoria, esto es, la llamada “guerra de castas”, sobre sus orígenes, causas y consecuencias; sobre el desarrollo de las haciendas henequeneras y la opulencia que produjeron para unos cuantos y la explotación que significaron para unos más; sobre el socialismo del general Salvador Alvarado, de quien este año celebramos el centenario de su llegada a Yucatán, y de Felipe Carrillo Puerto; sobre el sindicalismo independiente que sacudió por unos años al estado y que de nuevo lo vistió de luto con el secuestro y asesinato de una de sus figuras más notables, Efraín Calderón Lara, “Charras”; sobre nuestras crisis, nuestras numerosas crisis, como la de la industria henequenera o la del campo y la subsecuente reestructuración industrial a partir de las maquiladoras y el desarrollo del turismo.

La antropología nos ha enseñado mucho sobre nuestra sociedad contemporánea, sobre lo que actualmente somos. Nos ha enseñado, desde luego, sobre la vasta población maya hablante, de la cual los censos e indicadores nos dicen que constituyen entre la tercera parte y la mitad de la población de todo nuestro estado. Nos ha enseñado sobre la economía campesina y sobre la milpa, desde hace décadas en severa crisis; sobre la forma de ver el mundo de la sociedad maya, expresada en sus mitos, rituales y otras tantas prácticas culturales; sobre las formas de organización de la sociedad, tanto populares, como los gremios y las peregrinaciones, hasta las de las élites, como la de los empresarios urbanos. Nos ha enseñado mucho sobre la cultura de los protagonistas del estado que tienen nombre y apellido, pero también de aquellos cuyos nombres no suelen quedar registrados en los libros: de los cordeleros y henequeneros; de los campesinos y ejidatarios; de los médicos y parteras; de los que migran y deciden quedarse en los Estados Unidos, y de los que regresan y viven su localidad de una nueva forma; de las mujeres que se han atrevido a desafiar nuestra cultura aún patriarcal y participar políticamente en la sociedad. La antropología nos ha enseñado sobre los diversos elementos que hoy conforman lo que consideramos la “identidad yucateca”: nuestra diversa gastronomía, nuestra romántica música, nuestra singular forma de hablar, nuestras fiestas como el carnaval. También nos ha enseñado sobre los pronunciados cambios sociales, como la urbanización, el vertiginoso crecimiento de la ciudad de Mérida y la enorme mutación que está teniendo lugar en su periferia; sobre la transformación de las localidades del estado por la migración y el turismo; sobre los devenires políticos del estado, tanto los provocados por la política partidista y electoral, como aquellos que emergen desde los movimientos sociales y organizaciones de la sociedad civil que defienden los derechos humanos.

Desde luego, la antropología nos ha enseñado mucho más de lo que aquí puedo siquiera enlistar. Pero no cabe duda que la antropología es más necesaria que nunca. En un estado golpeado por la pobreza, la marginación y la desigualdad; por la persistente discriminación hacia la población originaria; por el abandono y la vulnerabilidad del campo; por la violencia de género; es imprescindible una disciplina que no sólo conozca los problemas sociales, sus causas y sus consecuencias, sino, sobre todo, que pueda formular propuestas de solución. Como ciencia ocupada desde sus orígenes por los otros y las diferencias entre los colectivos humanos y dentro de ellos, la antropología es indispensable en un estado cuya diversidad no deja de florecer: además de la vastísima heterogeneidad entre la población maya hablante —trabajadores del campo, migrantes, intelectuales, escritores, comunicadoras, por comenzar a enumerar algunas expresiones de esta diversidad—, el estado está habitado también por libaneses, coreanos, choles, norteamericanos, migrantes de otros estados de la república; católicos, protestantes, musulmanes, testigos de Jehová, ateos y no creyentes; priistas, panistas, apartidistas, anarquistas, neozapatistas; chicos banda, punks, darketos, hipsters, emprendedores y mirreyes. Sin el conocimiento de esta diversidad, es decir, si no conocemos quiénes son esos otros para nosotros, corremos el riesgo de vivir encerrados en los prejuicios y la intolerancia, las cuales han sido a lo largo de la historia semillas de la violencia.

En este escenario, la nueva directiva del Colegio de Antropólogos de Yucatán, A. C. (Cayac), tiene como objetivo el fortalecimiento de la antropología como profesión en Yucatán. La disciplina ha tenido un importante desarrollo académico en un conjunto de instituciones dedicadas a la docencia y la investigación en nuestro estado: la Facultad de Ciencias Antropológicas y la Unidad de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Yucatán, el Centro del Instituto Nacional de Antropología e Historia en Yucatán, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social Peninsular, el Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, amén de una serie de instituciones de gobierno que se han interesado en la historia y cultura del estado.

También reconocemos que estamos en una situación de cambio generacional, en la que cada vez más antropólogos se insertan en ámbitos laborales distintos al académico, tales como instituciones y dependencias del gobierno, empresas privadas, organizaciones no gubernamentales, asociaciones civiles, consultorías, entre otros. Del mismo modo, identificamos que con mayor frecuencia otras disciplinas y profesiones realizan actividades que antes solían ser distintivas de la antropología, tales como el trabajo de campo o la investigación sobre temas relacionados con la cultura. En este contexto, resulta fundamental un acercamiento por parte del Cayac hacia los antropólogos que laboran en distintos ámbitos profesionales, con las diferentes generaciones del gremio, y fortalecer la imagen pública de la disciplina hacia la sociedad, revalorando a la antropología como profesión.

Las actividades que realizará el Cayac están motivadas por la convicción de que la antropología ha dado y tiene mucho que dar a la sociedad yucateca y que resulta necesaria para conocer y resolver los problemas sociales, así como contribuir al diálogo intercultural en una sociedad cada vez más diversa. Sólo así resulta posible una verdadera convivencia humana. No podemos olvidar, como escribía Octavio Paz, que “para que pueda ser he de ser otro/ salir de mí, buscarme entre los otros,/ los otros que no son si yo no existo,/ los otros que me dan plena existencia,/ no soy, no hay yo, siempre somos nosotros”.

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