Ni siquiera una lápida con su nombre: Rosa Torre González (1890-1973)

Emiliano Canto Mayén

RT2

Fueron casi tres años de investigaciones entre libros especializados y uno más sumergido entre papeles viejos y buscando en los archivos más insólitos; todo lo anterior, en aras de hallar pistas que resolvieran el misterio de María Rosa Torre González. Ella, para quien lo ignora, fue la primera regidora municipal en la historia de la República Mexicana, electa el 1º de noviembre de 1922 y en el ejercicio de sus funciones del 1º de enero al 12 de diciembre de 1923. Pese a este hecho trascendental para la historia política de nuestro país, se desconocía hasta hace poco la fecha, lugar y circunstancias en que había acaecido su defunción y mucho menos se sabía qué había sido de ella a partir de la década de los años 1950.

     De no ser por la insistencia del Licenciado Gaspar Gómez Chacón, la muerte y paradero de esta maestra socialista seguirían siendo una incógnita. Cada duda, callejón sin salida o contradicción de las fuentes eran resueltos, gracias a una llamada por teléfono celular, por su fina intuición y profundo conocimiento de la naturaleza humana. Él dirigía desde Mérida mis pasos en la Babel Azteca y, con su pasión por Rosa Torre González, llenó de entusiasmo mi búsqueda y me puso en colaboración con Wendy Piña, diligente facilitadora de imágenes y datos, cuyas pesquisas siempre se realizan con alegría y dinamismo.

     Ahora bien, la tarea a mi cargo me llevó a consultar los escritos de los conocedores y expertos en la vida y obra de Torre González: hojeé con lentitud las páginas de Sarah A. Buck y de Piedad Peniche Rivero y avancé mucho gracias a los descubrimientos recientes hechos por José Antonio Escalante Chan y Brenda López Martínez. La constancia y la disciplina hubieran sido inútiles, si no hubiera contado con los recursos, las computadoras, bases de datos y las cartas de presentación que me proporcionó el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, mismas que me abrieron las puertas del archivo histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional, del Archivo de Notarías, del Archivo de la Ciudad de México y, también, de la Dirección General del Registro Civil de la más joven entidad de la República.

     La montaña de papeles, explorada con paciencia, fue revelando sus tesoros. Primero pude consultar el acta de nacimiento y la partida de bautismo de Rosa Torre, luego, cuando se me proporcionó una copia de una entrevista que esta profesora dio a una periodista el año de 1954, todo marchó sobre ruedas.

    A tal punto llegó mi obsesión, que, tengo más de un testigo, tras de una jornada agotadora y luego de comer con mis compañeros Luz Martínez, Quetzalli Rebollo, Natalia Franco, Aníbal Pacheco y Daniel Estrada, los arrastré hasta la colonia Roma, en al menos tres ocasiones, con el deseo de hallar la casa en la que había habitado, en 1941, Rosa: para ser exactos, el 37-C de la Calle de Córdoba.

  Finalmente, hace cerca de un mes, con el acta de defunción de Torre hallada fortuitamente, tuve certeza de la fecha en la cual había pasado a la posteridad, el 13 de febrero de 1973. Al día siguiente, cancelé todo compromiso, y eso que tenía varios, me levanté muy temprano y desayuné con glotonería pues aquel día me había propuesto hallar, aunque tuviera que pasar toda la jornada en el cementerio, la tumba de la profesora Rosa Torre González.

RT

    Llegué al Panteón Jardín de la delegación Álvaro Obregón un día nublado. Pregunté en la administración, con el acta de defunción en mano, y ahí, con suma amabilidad, me indicaron el sitio en el cual se hallaba el lote que buscaba. Desafortunadamente me perdí y terminé en secciones insólitas de aquella necrópolis en la que duermen los restos de Pedro Infante y Jorge Negrete, entre muchas otras celebridades. Cada pregunta que hacía a los encargados me llevaba a un punto cardinal distinto y, agotado, decidí marchar nuevamente a la entrada del panteón. Compré claveles rojos, socialistas y encendidos, y un ramo de nubecillas, inocentes y delicadas. Volví a la oficina y rogué, ya hecho una sopa, que me guiaran a Rosa y, al ver mi estado lamentable, me llevaron en la parte trasera de una camioneta, sentado sobre restos de cemento, palas y picos.

    Me condujeron al destino final del personaje que hacía meses que me apasionaba y leí que en aquella tumba se hallaba también la madre de Rosa, Sofía Torre González. En cuanto a la primera mujer que ocupó una regiduría a lo largo y ancho de la República Mexicana, ni una lápida, ni un nombre, ni una pista visible se hallaba en aquel sitio para recordar su paso por este mundo. La habían enterrado en el anonimato.

     Conmovido de comprobar cómo la gloria humana es vana, limpié con mis propias manos el monumento, arranqué las cizañas y coloqué con respeto los claveles en la tumba de Rosa y Sofía. Tomé entonces una hoja amarilla, el único papel que tenía a la mano, y escribí un pensamiento efímero en loor de este par de mujeres que duermen eternamente juntas y cuya historia podría dar para una novela realista y, paradójicamente, repleta de tintes heroicos y trágicos. Una flor selló aquella nota y, con este simple gesto, la memoria de Rosa Torre González comenzó a ser reivindicada del olvido; con este gesto humilde, todos aquellos que la habíamos buscado desde hacía décadas y que colaboramos, desinteresadamente y sin saberlo, vimos cumplidos todos nuestros afanes.

RTG

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